Crítica de ‘Shame’: la pequeña muerte

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“¡Qué fea! ¡No vuelvo a elegir yo la película!”. Una espectadora de mediana edad salía escopetada hacia la puerta en cuanto comenzaron los créditos finales de Shame. Tras ella, el que parecía ser su pareja, siguiéndola a una distancia que no podía cubrir si no se marcaba una carrerita. Eché un vistazo alrededor, y aunque no había tanta asqueada pasión en el resto de parroquianos de la sala, no faltaban expresiones de desagrado en señal de balance ante lo que acababan de presenciar. No es para menos.

Shame es una película incómoda. Qué coño: es una patada en los huevos. Y la forma en que muchos de los allí reunidos nos lamíamos la entrepierna tras el puntapié inflingido es razón más que suficiente para decir a boca llena que la última película de Steve McQueen es, de acuerdo a sus intenciones, perfecta.

Shame tiene truco

Estamos ante una película que en la repulsión tiene un poderoso aliado: odiarla es adorarla. Shame hace del asco, del rechazo, su propia manzana prohibida. Morderla es aceptarla. Es imposible huir de la historia que plantea McQueen, en la que un adicto al sexo se desliza por los estercoleros morales de la gran ciudad, apagándose un poco más cada vez que enciende una nueva hoguera de lujuria que es incapaz de mantener.

No hay escapatoria cuando uno se enfrenta a los disparates que se muestran en pantalla: una parcela de un mundo real –uno de los posibles– infestada de errantes egoístas, personas que intercambian e impostan sus soledades y lobos que acaban siendo devorados por corderos. Si bien la satiriasis de Brandon Sullivan es lo que le imprime a Shame esa poderosa originalidad que mantiene a hipnotizados y asqueados clavados al asiento, no es la adicción del protagonista lo que más interesa de la película.

Solos

La película arma sus naves en el cómo, no en el qué. Pese a los escasos pero explosivos giros que depara Shame, McQueen no tiene ningún interés en proponerle al espectador que maquine acerca del devenir de su peculiar Ulises postmoderno enganchado al jincamiento. La idea parece ser otra, tan sencilla que asusta: poner sobre el tapete el problema de la soledad y la instrumentalización de las relaciones. Nunca en la historia se habían establecido lazos tan poderosos para la comunicación como en la actualidad. Pero, sin embargo, todo parece acabar reduciéndose a meros protocolos asépticos –como dijera Marla Singer, “el condón es el zapatito de cristal de nuestra generación”–.

Es muy inteligente la forma en que el guión de McQueen se burla acerca de las certezas sobre las que descansa la historia de sus personajes. La ambigüedad sobre el pasado de Brandon y Sissy Sullivan invita a que sea el espectador quien rellene los agujeros trazados a sabiendas por el autor inglés, que prefiere centrarse en la deshumanización que ejerce la gran ciudad –ojito a esa Nueva York omnipresente y atemporal, dibujada sin paños calientes– casi como una colmena de neón que vampiriza a los zánganos que la habitan.

Fassbender: el animal

Además del pulcro –y al tiempo repugnante– trabajo de Steve McQueen al guión y la dirección, hay que soplar elogios en otra dirección. La travesía de Shame habría zozobrado si no hubiese sido por el salvaje trabajo de Michael Fassbender. Da igual que sea Magneto Begins, o que se pasee medio en pelotas por delante de un croma que un ordenador convertirá en la garganta de las Termópilas; que se casque la piel de Carl Jung o que se marque un Rochester de tomo y lomo –y eso por no hablar de sus incursiones en el mundo del doblaje de videojuegos, que este animal angloalemán le pega a todo–. Fassbender es el puto amo, y demuestra que no es el actor que todos quieren tener en su proyecto por casualidad.

Que Michael Fassbender no esté ni siquiera nominado al Oscar este año demuestra que los premios de la academia estadounidense son al cine lo que el Pressing Catch al deporte: una puta broma con la que divertirse y poco más. Lo que hace en Shame no sólo es un ejercicio de valentía interpretativa desmesurado. Además, es un trabajo de una autenticidad tan atroz que probablemente ni el propio McQueen estuviese seguro que el que parece ser su actor fetiche llegara a alcanzar.

La mula Mulligan

Pero no es Mr. Fassbender el único responsable en el plano interpretativo de algunos de los momentos más salvajes de Shame. Carey Mulligan también termina la asignatura con Matrícula de Honor. Es, además, casi la única referencia de humanidad y cándida imperfección que contrasta con el mundo de medios sin fines que puebla su enfermo y enfermizo hermano –en la ficción–. Pese a las escasas intervenciones en las que se prodiga su presencia, la Mulligan exprime hasta las últimas posibilidades de cada una de sus apariciones derrochando madurez y dejando claro porqué es la mejor actriz de su generación –y de muchas otras, quizás–.

En definitiva. Todo bueno. Steve McQueen es un pura sangre contando historias, y no sólo por lo que se ve, sino por lo que no se ve –como le ocurre a las grandes obras, Shame se reserva parte de la proyección para la imaginación de los espectadores–. Buenos ejemplos de ello son las escenas que sirven de prólogo y epílogo a la película: seguro que cada uno ha visto secuencias distintas.

Por cierto, ahí va una guinda escarchada: la banda sonora de Shame en Spotify.

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