Crítica de ‘La piel que habito’: laberinto de pretensiones

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¿Almodóvar sí o Almodóvar no?

Esta es la primera pregunta a la que hay que enfrentarse con esta peli. Ya no sólo para valorarla, sino incluso para entrar en la sala a verla. El prejuicio sobre el director manchego es inevitable, así que la forma en que lo afrontamos determina, y no sabes hasta qué punto, la opinión que acabamos diseñando al terminar de ver La piel que habito. En mi caso, seré sincero, es un prejuicio positivo. Creo que Almodóvar es uno de los referentes de nuestro cine, un tipo con un mundo personal muy rico en lo visual y en el diseño de laberintos morales, levantados sobre un tono propio que sólo encontramos repetido en narradores formados al arrojo de la sombra que desprende el director de Átame.

Partiendo de esta base, desde que marcó una gruesa línea de madurez como narrador y como arquitecto de imágenes en Todo sobre mi madre nunca me he topado con una peli de Almodóvar que no me haya dejado un buen sabor de boca en una valoración global. Hasta que ha tratado de hacer su propio tour de force lanzándose a una piscina de brea con esta La piel que habito. El resultado es un Almodóvar oleginoso, embadurnado de pringue de pies a cabeza y preocupantemente inflamable.

Una historia imposible, pero original

La extraña y errática estructura a la que somete Almodóvar su película consigue ser un truco de magia que logra dos objetivos tan contrapuestos como contraproducentes. Por un lado, entorpece que el espectador pique el anzuelo de una historia imposible; por otro, retrasa tanto el giro que acaba por definir la trama que en la línea argumental que es imposible contarle a otro de qué va la película sin destriparla.

La misma estructura está compuesta por puntos de apoyo que estorban más que convergen con la trama. La llegada de un tigretón brasileiro reducirá la inquietante historia a un grotesco entremés con el que no es difícil perderle el respeto al manchego. Desde ese momento, y sin un referente ya sobre a lo que se está asistiendo, la atención se centrifuga en una serie de saltos temporales que van a poner un poco de orden en los precedentes de lo que hemos estado viendo hasta ese punto.

El error

El problema de La piel que habito, y lo que quizás se acaba convirtiendo en el eje del descontento de quienes no acaban de entrar en el juego que propone Almodóvar, es laconfusión en el tono que no acaba de definir el director para su película. Este señor es muy bueno, uno de los mejores, de hecho, cuando se trata de hacer malabares con la comedia, tiñédola de tonos agridulces, tiernos, extraños o disparatados. Pero cuando quiere sumergirse en los fondos abisales de personajes como los de esta película, y los quiere despojar de cualquier juicio moral, reduciéndolos a la monstruisidad de quien no puede ser juzgado por criterios mundanos, acaba por meterse en un jardín del que sale sin flores.

Eso no significa, sin embargo, que La piel que habito no funcione en otros muchos niveles. Qué menos: hablamos de Almodóvar, un tipo que más allá de este globo de pretensiones que franceses y yankis han inflado con años de resoplidos y alabanzas, es un señor que dirige muy bien. Así, la dirección artística de la película es impecable (aunque imposible, en algunos momentos, con excesos de asepsia que participan en esa fanfarria de la nadería en la que cae en muchos momentos el film), al igual que la planificación de muchas escenas (como cuando Banderas se enfrenta a la imagen superlativa de Anaya siendo observada, o las escenas en la cueva).

En las interpretaciones también nos encontramos con una autopista irregular y llena de baches que provocan algún que otro accidente en cadena. Si bien Antonio Banderas, Elena Anaya o Jan Cornet son creíbles, contenidos y razonables dentro del disparate que les toca edificar con sus personajes; muy distinto es el resultado con Marisa Paredes, Roberto Álamo o José Luis Gómez, que en sus breves apariciones destrozan la película, y no necesariamente porque hayan hecho un mal trabajo: el problema empieza y termina en el guión y la dirección, que con estos personajes alcanza cotas de delirio.

Es una pena que Almodóvar haya malogrado una historia tan original que resulta altamente reveladora para meterse en la piel de un ideario que lleva más de 30 años reproduciendo en su universo personal.

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