Crítica de ‘Thor’: el dios del truño

Thor. Hijo de Odín. Dios del Trueno. Aunque por obra y milagro de Kenneth Branagh, así como por la imperiosa necesidad de presentar a los personajes de la obra magna de la Marvel cinematográfica (Los Vengadores), la rubicunda deidad nórdica ha devenido en dios del truño. Al menos, en esta última versión en celuloide. Mucho se habló de la posible injerencia shakesperiana que podría imprimir el actor y director irlandés, aunque al final la supuesta carga dramática que iba a recibir esta historia ha quedado en agua de borrajas.

Muy por el contrario, este Thor ha acabado desinflándose en una suerte de pastiche a medio camino entre los Power Rangers y Master of the Universe (descuida: ambas en sus versiones para gran pantalla… que no sé si sirve como excusa), tanto en diseño de producción, historia y esquema argumental. Y por si fuera poco, toda esta ensalada acaba regada con el maltrecho aceite de un guión que consigue lo imposible: intérpretes de la talla de Anthony Hopkins, Natalie Portman o Stellan Skarsgard regalando a la platea algunos de los momentos más vergonzosos de sus lustrosas carreras.

Harina de otro costal es Chris Hemsworth. El actor patako (natural de Pataki, tierrafértil en curvas y yerma en talento) se encuentra con la difícil papeleta de sacar la cabeza en una constante ahogadilla salada en medio de la marejada de un texto tan absurdo como imposible. Lo único más ridículo que los diálogos es la intentona constante de hacer que todo suene digno y mayestático, con lo cual, como si zozobrase en arenas movedizas, el avance de la película no hace sino remar a favor de un hundimiento inevitable.

Mención de honor merecen las localizaciones. Y es que restar talento al hecho de que todo se vea cutre en una superproducción de este calibre no merece más que halagos y honores. ¿Pretendían crear una confrontación entre la opulencia de Asgard y los páramos de Nuevo Méjico? ¡Pardiez, que lo han conseguido! No, tranquilo, todo tiene un sentido: la quintaesencia de la pamplina tiene su respuesta cuando se trata de equiparar la desértica Jotunheim, hogar de los malos malísimos, con la inanimada región del sur de los Estados Unidos.

En cuanto al papel de Branagh en este despropósito, se nos cae un mito. O quizás nunca lo fue. El genial director de Hamlet se limita a contarlo todo con planos aberrantes, como si fuera el imberbe meritorio de Sam Raimi, y no un realizador y actor consagrado al que se le supone algo de oficio en este gremio. Por contra, la sensación que perdura durante las apenas dos horas que dura este circo es la de estar viendo el trabajo de fin de carrera de un estudiante de matrícula que trata de defender en su tribunal una tesis doctoral descargada de El Rincón del Vago.

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