Crítica de ‘Los Vengadores’: Iron Man y compañía

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Si no me falla la memoria, la idea de hacer un gazpacho cargadito de superhéroes parte de Iron Man, es decir, del año 2008. Ya entonces empiezan a conjugarse todos los ingredientes que, año tras año, han venido funcionando como precuelas episódicas de Los Vengadores, adaptación de una de las líneas best of the best del sello Marvel. En cuando la editora de tebeos se hizo con su propia firma cinematográfica y pudo adquirir los derechos de explotación de los personajes que integran su troupè para el celuloide, se puso manos a la obra. Así, lo que se anticipaba como un proyecto patente aunque aún nebuloso en la primera aventura de Tony Stark acabó componiendo un retal de personajes, cada uno con su propio universo, cuyas vías convergían en este menú explosivo.

Pasemos revista. Con las dos entregas de Iron Man empezamos a conocer a los personajes que servirán de enlaces para cada una de las entregas previas a Los Vengadores. Nick Furia y el Agente Coulson participan en todas las fiestas, pero no será hasta Thor y Capitán América cuando comience a dársele continuidad al relato precedente, introduciendo dos elementos fundamentales en el argumento de Los Vengadores: el tesaracto —o cubo cósmico— y el dios Loki. Un par de adaptaciones de Hulk pululan entremedio. Una vez puestas todas las cartas sobre la mesa, la intención de la película es, por un lado, justificar la cohesión de esta bomba de relojería, como define el doctor Bruce Banner AKA Hulk al grupo; por otro, desarrollar una trama en la que la evolución entre los distintos personajes case con el aguacero de acción al servicio del espectáculo que requiere un menú King Size de este calibre.

Desde luego, en ambos planos funciona la película. Eso sí, sin pedirle peras al olmo. A pesar de que Los Vengadores pretende mantener un discurso sólido durante los interludios entre tollina y tollina, entre explosión y destrucción-absoluta-de-todo, el resultado es pobretón —y que no se nos vaya esto de las manos,  que estamos a años luz de lo que ha propuesto Christopher Nolan con sus Batman—. Loki trata de juguetear con la retórica hobbesiana de liberar a la humanidad de su libertad, y juega el papel de la racionalidad maquiavélica frente al sentimentalismo que acabará por ser el pegamento que haga piña de los superhéroes. Pero más allá de eso, el flotador se desinfla. Lo cual, ojito, no es malo: a la hamburguesería se va a comer hamburguesa.

Dicho esto, Los Vengadores no pretende sentar una trama sólida más allá de un ritmo de manual y pasajes de acción bien dosificados —tomándose la libertad de ampliar un primer acto bien generoso para poder presentar, aunque sea mínimamente, a los personajes de cara a los neófitos de la serie que no hayan tenido contacto previo con ellos en las pseudo-precuelas—. Los mejores argumentos de una peli como esta son la acción bien servida y un hábil trenzado con elementos que sirvan para darle empaque al conjunto. En este sentido, el humor es el recurso más  y mejor empleado en Los Vengadores.

Las dosis de guasa jorobera que se permite la cinta se agradecen, por cuanto restan la ridícula solemnidad que anhelaban Thor y, en menor medida, Capitán América. De hecho, el mejor exponente de esta filosofía que hemos visto en la serie, los Iron Man, viene a poner a cada uno en su sitio, y de una u otra forma, la sombra de su presencia justifica los mejores momentos del film —la irrupción del hombre de hierro durante la recia charla de Loki con su hermano; el primer encuentro de Iron Man con Thor; los piques entre Stark y Rogers; y en un sentido más amplio, el encontronazo de Loki y Hulk en cierto ático—.

Precisamente aquí nos topamos con uno de los obstáculos insalvables del film. Aunque Whedon mantiene la dirección del elenco con buen pulso, la necesidad de colocar al Capi en primera línea para comandar al grupo se antoja más forzada que Belén Esteban en la escuela de Teleco. Iron Man/Tony Stark/ Robert Downey Jr. se merienda a toda la pandilla cada vez que aparece en plano, con lo que incluso en los momentos de rivalidad resulta incomprensible que el héroe de hierro no le aplique un contrachapado de aluminio a la carita del apolíneo soldado vestido de payaso. No cuela, amiguitos.

En cualquier caso, son ganas de buscarle tres pies al gato. Los Vengadores es una peli que rezuma honestidad en su terreno, y que hábilmente ha coqueteado con las zonas más epidérmicas de una cierta hondura de cartón pluma para tratar de no tomar al espectador por un imbécil de baba fácil. No obstante, como decimos, Whedon es Whedon, y eso, insisto, no es malo —la sombra de Buffy es alargada en las escenas de tortas, especialmente en las de Johansson—. Pero tampoco es Nolan.

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