Crítica de ‘Los idus de marzo’: Todos los hombres del (candidato a) presidente

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George Clooney es un hombre con una cierta conciencia política. O al menos, eso se esfuerza en subrayar públicamente. Su visión no es edulcorada ni optimista. Y en Los idus de marzo vomita toda la bilis que puede que lleve años almacenándose en los conductos gástricos de su cinefilia. Eso sí, que no falte institucionalismo en fondo y forma. Ya desde el comienzo mismo de la cinta deja claro el amor que profesa el cano guaperas cafetero por el thriller político setentero. Diríase que Los idus de marzo es una carta de amor adolescente al mejor Pakula, con algún que otro arquetipo directamente importado desde aquella forma de hacer cine comercial, en la que al espectador se le presuponía algo de inteligencia.

Toda la primera mitad de la cinta traza el retrato del idealismo, silueteado dentro de las formas de un Ryan Gosling que una vez más demuestra que lo suyo es ser un jamón de pata negra, cinco jotas y cortado en delgadísimas lonchas. En torno al joven responsable de comunicación de la campaña del políticamente apolíneo Mike Morris —¿ha trasladado Clooney a Harrison Ford como el ideal de presidente norteamericano?— una camarilla personajes pululan circundando la pureza del héroe trágico: el sabio y venenoso director de campaña, el adulador y sibilino tentador que representa a la otra parte, la periodista que esconde a una carroñera tras la piel de la inocencia y, cómo no, la becaria zumbona que pondrá todo patas arriba. Como telón de fondo, uno de los escenarios del cainismo de occidente: unas primarias demócratas en Estados Unidos.

Confieso que pequé de un error capital antes de ver Los idus de marzo: deposité unas altísimas expectativas en lo nuevo de Clooney. La idea de que el director de Buenas noches y buena suerte hubiese construido una película que se centra en las misántropas bambalinas de la política que le es afín se anticipaba como un ejercicio de agria sinceridad que, para qué nos vamos a engañar, me producía un morbo atroz como acólito del desencanto. Pero nada de eso. George Clooney mete la puntita, pero esto no funciona con decimales.

Cierto es que Los idus de marzo se entiende como un pequeño anticipo que el espectador tiene que completar tratando de meterse en la piel de las decisiones que adopta el maquiavélico Stephen Meyers a medida que va transformándose en un oscuro protector de sus ideales. El conjunto de secuencias en las que el protagonista de la cinta va dándose de bruces con la realidad detallan con sutileza y elegancia el tránsito desde la luz a la oscuridad que recorre éste, pero el problema no está en la habilidad que demuestran Clooney, Heslov y Willimon para ser honestos con esa transformación. El quid de la cuestión está en el recurso pueril y limitado que detona el descenso a los infiernos de Meyers.

De igual manera que durante toda la película se asiste a un soberbio derroche de inteligencia y talento —menudo equipazo se ha buscado el otrora doctor Doug Ross, y no sólo en la troupè interpretativa—, no puede evitarse caer en el reproche de que durante los momentos más intensos de la fanfarria, los integrantes más importantes de la orquesta la pifian en notas de notable importancia para el conjunto, lo cual acaba desmereciendo un resultado final que acaba por arrastrar hasta el cierre abierto de la cinta un cierto tufillo de decepción.

Pero como digo, el problema parece no ser de nadie en concreto —¡¡guión!! ¡¡guión!! ¡¡guión!!—. No hay cabeza que ruede necesariamente como responsable del conato de desolación que acaba por imprimirse a la conclusión de la peli. Los actores están, en general, fabulosos, cada uno en su parcela de lucimiento personal —no sólo Gosling y Clooney, sino también Marisa Tomei, Philip Seymour Hoffman, Paul Giamatti o el siempre maravilloso Jeffrey Wright, errando por sosainas y lacios Evan Rachel Wood y el aburrido-de-cojones Max Minghella—, el personal técnico y artístico hace excelentes méritos —especialmente en el caso de Alexandre Desplat, que a medida que avanza el fin se va viniendo arriba con una partitura cada vez más potente y envolvente— y la maquinaria demuestra estar bien engrasada. Pero como decimos, en cierto momento de la trama, uno llega a hacerse una pregunta que, en su formulación, radica el problema de la peli: ¿ah, pero de esto se trata?

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