Crítica de ‘Luces Rojas’: Cortés busca el prestigio

Luces Rojas

En apenas cinco años, Rodrigo Cortés lo ha petado. Fue entonces cuando se estrenó Concursante, su esperada opera prima, con la que saltaba al largometraje tras una muy laureada trayectoria como cortometrajista. 15 Días fue la pequeña gran película que más aplausos le valió hasta el momento. Y bien merecidos además. Un pequeño experimento destinado al lucimiento y a la morbosa atención del circuito internacional puso su nombre en boca de propios y extraños. La película era Buried, una obrita equipada con la misma pólvora mojada que esta Luces Rojas.

Ahora, por lo menos, Cortés se libera de la impostura de los ejercicios de estilo que quiso proyectar con aquella pirotécnica intriga funeraria. Luces Rojas no le tiene miedo a los convencionalismos, y en ese sentido, se agradece que el hombre orquesta –porque Rodrigo Cortés dirige, escribe, edita, pinta y colorea, como diría Cristina Domínguez– salga a la plaza a pecho descubierto, dispuesto a dar capotazos defendiéndose únicamente con el estoque que blande en forma de dirección y guión. Bueno, sí. Y montaje.

La historia de Luces Roja mola

La película trata de un par de científicos que se ganan la vida a base de subvenciones académicas basadas en destapar a charlatanes, médiums, paragnostas y demás gentuza sacacuartos de los estercoleros de lo sobrenatural. Por un lado, la experimentada maestra que ya se enfrentó a Simon Silver, el best of the best del mundo paranormal –un divertido Robert De Niro, que interpreta a un greatest hits del cacareo de multitudes, amasado a partir de figuras como Uri Geller, David Copperfield o Anthony Blake– y que está rota por dentro por una desgracia personal. Por otro, un joven alumno que unas veces es físico, otras es psicólogo, unas es torpe, otras es intrépido, y que ve en la reaparición del misterioso Silver la oportunidad de asestar un golpe de gracia sobre todos los abrazafarolas de la parapsicología.

El tono que desarrolla Luces Rojas desde el inicio es todo un acierto. Cortés tiene un retorcido sentido del humor, y sabe venderlo en sus historias. Eso aporta personalidad y empaque a los personajes de la doctora sobrada y del apocopado ayudante. Aquí va el primer error. Podría pensarse que los personajes son complejos, llenos de aristas y dotados de una insondable personalidad. Y un carajo, amigo Cortés. Ambos personajes viran en función de las necesidades de la historia, y donde antes había una imperturbable defensora del racionalismo cientifista, luego nos topamos con una frágil sufridora en silencio. Por no hablar del asistente atento y casi desorientado que cuando se viene arriba es capaz de todo y más.

De oca en oca

El principal error de Luces Rojas reside en las situaciones que plantea y sobre las que pivotan las progresiones de la historia. Como no quiero diseccionarte el guión, me quedaré en el burladero señalando que en hasta cuatro momentos claves, el libreto de Rodrigo Cortés se salta las casillas al tutún sin importarle el compromiso que debería adquirir con la coherencia de su relato. Aunque claro. El discurso mismo que sostiene en su narración juega precisamente a ese engaño, según el cual cuando quede patente el truco, probablemente el espectador se haya olvidado del momento en que intuyó cómo el director cambiaba la moneda de mano sin que aparentemente nos diésemos cuenta.

Todo está estrategicamente situado a lo largo de ese mapa que es el guión de Cortés para que alcanzar la casilla de llegada sea un éxito. El problema es que a medida que avanzamos por el tablero, no sabemos si estamos asistiendo a un parchís, a ajedrez, damas, backgammon, monopoli o la oca. El cambio de registros y el uso constante de recursos que se solapan entre sí podría haber sido un síntoma de habilidad y complejidad narrativa. Pero en lugar de eso, el resultante es un Happy Meal servido en un Telepizza.

El batacazo gordo, en definitiva, es que las concesiones y la confianza que requieren ser invertidas durante el visionado de Luces Rojas exigen de una contraprestación en honestidad durante el desenlace; honestidad que nunca llega. Y aquí está el jarrazo de agua helada que supone la peli.

Es como disfrutar de un banquete exquisito y completísimo mientras retrasas la pregunta ineludible: ¿y esto quién lo paga? Claro, lo pagas tú. Disfrutaste mientras deglutías como un gordo cabrón, pero cuando toca hipotecar la nómina para saldar la deuda adquirida durante la comilona, descubres que los manjares ahora saben a ceniza en tu boca. Y Luces Rojas te deja esa cenicienta sensación en el paladar cuando todo queda resuelto. Y decir resuelto es un acto de pura generosidad, eh.

Por último, ojito con las referencias, tanto procedentes del cine como, al loro, de series. En cuanto cojas la primera tras los créditos, habrás resuelto la película.

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2 comentarios para “Crítica de ‘Luces Rojas’: Cortés busca el prestigio”

  1. Álvaro Barragán Fernández Dice:

    Ahora poseo un billete de quince euros.

  2. El Piloto Dice:

    enhorabuena a los premiados :D

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