Crítica de ‘La mujer de negro’: con la Hammer dando

La mujer de negro

La última película que vi del sello Hammer era un auténtico despropósito. Se llamaba La víctima perfecta, y os juro que cuando apareció el nombre de la mítica productora inglesa se me puso el vello de punta. Fue un presagio desafortunado, ya que aquella cinta era bazofia telefilmera, y la prueba, una vez más, de que Hillary Swank es la actriz oscarizada con peor criterio a la hora de elegir proyectos. Eso, o su agente es el tipo con peor olfato de la industria.

Cuando supe de esta peli, La mujer de negro, me entusiasmé en un primer momento. El tráiler parecía recuperar una tradición que, pese a escarceos tan puntuales como acertados –ahí tenemos Los Otros de Amenábar–, dormía el sueño de los justos: la del terror sobrenatural de estética victoriana. Pero en el momento en que salió el logo de la Hammer, suspiré recordando la patata caliente protagonizada por Swank. Además, La mujer de negro contaba con la responsabilidad añadida de quitarle la varita y el uniforme de Hogwards a Harry Potter. En fin, mucho peso. Mucho lastre.

Y además, el librito de marras

Pero por si fuera poco, el viento seguía poniéndosele en contra a La mujer de negro. A pesar de sus muchas representaciones anteriores –en teatro y televisión–, esta historia tiene poca chicha en un posible trasvase al celuloide. Hasta las últimas 25 páginas, la novela es una mera descripción de situaciones, sin definir realmente hacia donde va todo. Eso sí, el tramo final de la novela es rock and roll victoriano, y a poco que uno tenga sangre en lugar de escarcha en las venas, resulta difícil no sobrecogerse con la resolución de este cuentecito de terror.

No obstante, la estructura de la novela resulta del todo inapropiada para verla en una película, y más teniendo en cuenta que los ritmos pausados son veneno puro para una platea que se ha educado en la tradición del sobresalto adolescente.

Pero ahí lo tienes. La mujer de negro funciona. Y vaya si funciona. De la historia original sólo sobreviven unos pocos detalles –el joven abogado que acude en misión, casi iniciática, a una región remota de Inglaterra; la presencia del sabio aliado en el pequeño pueblo; la mansión aislada; la maldición latente… ¿alguien dijo Drácula?–, aunque se incorpora un giro a los elementos que la componen que sirve para teñir el escenario de una bruma aún más desagradable que la que infecta el estuario de Eel Marsh en la película.

Sushi victoriano

El gran acierto de La mujer de negro es la forma en que actualiza las fórmulas clásicas del género con los manierismos que en los últimos quince años han revitalizado este tipo de películas. El cine de terror oriental tiene mucho que ver. En occidente ya no se sabe hacer artesanado de terror si no es recurriendo a vísceras y a trucos generados entre el montaje, la música y el efectismo gratuito. Es por ello que toca aplaudir a James Watkins por haber sabido tomar prestadas licencias del tipo de cine que se hace en Corea del Sur y Japón –sobre todo, procedente del país nipón– para adaptarlas a los esquemas que reconstruyeron el género entre los años 50 y 80 en Europa de la mano de la británica Hammer.

Cierto es que al cocinero se le va la mano con la sal en más de un momento, dejando claro que lo suyo es hacer un sofrito para gourmets poco exigentes. Pero se agradece que Watkins haya hecho el esfuerzo por recuperar del pasado este modo de entender el terror en su faceta comercial. Bien, de acuerdo, el guión hace aguas como el camino de Nine Lives que lleva a la mansión encantada cuando sube la marea.

Marca de la casa

Pero los momentos en que puede llegar a chirriar alguna situación que se antoja forzada o rozando el ridículo pueden incluso admirarse con cierta ternura si se recuerda la entrañable teatralidad que rezumaba de las charlas que Christopher Lee y Peter Cushing mantenían en cada nueva entrega de Drácula como si fuese la primera.

Ya en su momento, Andrew Kevin Walker y Tim Burton recurrieron a esta idea en Sleepy Hollow, con la que La mujer de negro comparte muchos momentos comunes, a pesar de las evidentes carencias de carisma de las que adolecen la mayoría de personajes y actores que componen este cuento pseudovictoriano en comparación con aquella película de 1999.

Y es que aunque Ciarán Hinds está estupendo como el aliado del joven Kipps –por favor, hablamos del jodido Julio César–, el resto de la troupè aprueba con un cinco raspadete. Daniel Radcliffe es, por cuestiones evidentes, el que más sufre el microscopio. Sale airoso de la intentona cinematográfica por quitarse el sambenito de Potter –en teatro ya consiguió merecidas, al parecer, loas por su protagonista en Equus, con desnudo integral incluido–, y aunque su Arthur Kipps no da para más, no puede dejar de reprochársele algo de hieratismo en su forma de afrontar la papeleta. Vidilla, Daniel. Vidilla.

En definitiva, La mujer de negro es un olmo sin peras, que es lo que cabe esperar de cualquier film de terror que se adhiere a la cartelera de un multicines de centro comercial, como es el caso. Su gran acierto es conseguir que con un ritmo pausado y con multitud de secuencias en las que un solo personaje se mueve por la escena no predomine nunca la sensación de lentitud o aburrimiento. No obstante, personalmente, me gustó más el final que se propone en el cuento de Susan Hill –aunque el desarrollo que muestra esta adaptación de Jane Goldman fostia claramente al material novelesco–.

Escúchate la banda sonora de Marco Beltrami para La mujer de negro en Spotify

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