Crítica de ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’: con buena letra

Los hombres que no amaban a las mujeres

Hay dos tópicos que, si me permites, son veneno puro: el libro es mejor que la peli y el remake es peor que la original. No hablo de este caso en concreto -versión americanizada de la adaptación sueca de uno de los best sellers a nivel mundial más conocidos de la moderna novela negra-.

No conozco la novela de Larsson, aunque sí la primera aproximación cinematográfica firmada por Niels Arden Oplev, una película llamada a ser un patanegra para la exportación de cine sueco en el resto del mundo y que puso en ridículo a la industria fílmica autóctona: aquel primer Millenium -nombre que cierra el tríptico de novelas y películas, así como una miniserie- no pasó de la apariencia telefilmera sin más argumentos que una trama cobardica que no le echaba pelotas a las posibilidades de un entorno familiar hostil, xenófobo y literalmente nazi cargado de nutrientes dramáticos. Lejos de ello, se quedó en el picor que produce una herida mientras cicatriza: plaqueta pura, y aquí paz y después, gloria.

Por esto, algunos nos tomamos con mucho entusiasmo el anuncio de que David Fincher iba a tutelar la adaptación norteamericana de la primera entrega de la trilogía, Los hombres que no amaban a las mujeres. Fincher es un director que arriesga. Podría haber vivido de las rentas de Seven siendo un filmmaker al uso, carnaza de archivo de la que tiran los estudios para asegurarse pulcritud en productos de encargo, al estilo de Gore Verbinski o Wolfgang Petersen. De hecho, tenía todas las papeletas: director procedente del videoclip y soldado de reemplazo en Alien 3 que se interesó por una peli incómoda con asesino en serie de folletín.

Pero ahí lo tienes. Fincher avanzó en su idea del noir con el thriller herético The Game para continuar con la desastrosamente perfecta El club de la lucha, convirtiéndose un autor con mayúsculas, capaz de condearse con el star system sin arrugarse las mangas y hablar de tú a tú con los estudios a pesar de no ser un realizador taquillero -Fight Club, de hecho, fue una migraña para 20th Century Fox, que no recuperó la inversión de producción hasta las ventas de DVD que, al contrario que la penosa manifestación de la taquilla, supuso pingües beneficios para la mayor-.

La habitación del pánico, Zodiac, El curioso caso de Benjamin Button y La red social fueron nuevos síntomas para una enfermedad que esta Los hombres que no amaban a las mujeres han acabado por conformar un diagnóstico certero: Fincher es un director que narra cuentos posmodernos con la caligrafía del cine clásico. Viendo esta última entrega de su filmografía, parece confirmarse, una vez más, que los intrincados movimientos de cámara son para zagales -de edad o espíritu-, y aunque se permite un par de licencias -que parecen más próximas al guiño que él y Jeff Cronenweth, director de fotografía, hacen a su anterior película común, El Club de la Lucha, cinta a la que, por cierto, se dedican no pocos huevos de pascua-, el tono general de la puesta en escena de Los hombres que no amaban a las mujeres busca darle un par de bofetadas a los jóvenes realizadores, mientras les vocifera que el ritmo no está en el travelling, sino en el montaje.

Por desgracia, la buena letra con la que Fincher escribe el apartado visual de Los hombres que no amaban a las mujeres pincha en hueso cuando se trata de ceñirse al guión. Ignoro si el problema está en el material previo o la necesidad de ajustarse a la trama de la peli original, pero el caso es que volvemos a toparnos con los mismos problemas que en la cinta sueca. Daniel Craig, actor, rebasa en atención a Mikael Blomkvist, personaje, y eso no debería ser así. El retrato del periodista que es derribado desde su trono de credibilidad no supera el primer acto, y sólo la aparición de Lisbeth Salander ayuda a salvar la ropa: al contrario que en el producto original, ahora sí nos encontramos con un bicho raro de tomo y lomo. Sin recurrir a demasiados alardes contextuales sobre la aparición de una hacker en escena -miedo le tenía yo a este aspecto, habida cuenta de cacareo público de WikiLeaks en la primera plana de la actualidad política mundial-, la integración de este personaje en el ojo de la trama principal es estupenda. Y eso por no hablar de Rooney Mara, que al contrario que la sosainas de Noomi Rapace, despliega inquietud, fragilidad, ternura y miedo a partes iguales. Así sí, señores. Así, sí.

No obstante, el guión de Zaillian sólo hace méritos en la parte que le toca a las escenas comunes de Craig y Mara, así como en lo tocante a la descripción del personaje de Salander que se ahorró la predecesora sueca, y que en esta ocasión sí que resulta conmovedora, aunque este retraso se desplace hasta un momento del relato que acaba por reducirla a agua de borrajas. Y es que la aparentemente burda estructura de Los hombres que no amaban a las mujeres, en un intento por sofisticarse, acaba herida de muerte, hasta el punto de que habrá espectadores que le dediquen algún bostezo al tramo final de la proyección. Y con razón, además.

Mención aparte merece la reedición del pacto Fincher-Reznor&Ross. El año pasado, la colaboración de la parte masculina de How to destroy angels -a la sazón, el profeta del rock industrial, Trent Reznor, y su socio en la técnica, Atticus Ross-, fue rentable para ambas partes: La red social logró desarrollar un tono rico en matices, apostando por una puesta en escena clásica contrapuesta a unos paisajes sonoros arriesgados, cosa que le valió al tándem musical el Oscar a la Mejor Banda Sonora. En Los hombres que no amaban a las mujeres, los compositores reinciden en la idea que Trent Reznor lleva desarrollando desde el disco Ghost I-IV de Nine Inch Nails. Esto es, espacios digitales cargados de texturas orgánicas, cataratas de matices progresivos, muchos lugares comunes con el post-rock y paisajes siniestros al tiempo que románticos.

¿Recomendable? Depende. Los hombres que no amaban a las mujeres no es una peli entretenida. Huye, como de las facturas, si lo que buscas es echar el rato. Los pasajes más interesantes de esta cinta residen, precisamente, en aquellos que Fincher se reserva para hacer ejercicios de estilo -las escenas de Lisbeth con su tutor, la última visita de Blomkvisz a la casa de Martin, la casi muda secuencia final-, mientras que el resto se limita a ser el seguimiento de una investigación tan plana y anodina como lo era la de la telefilmera propuesta sueca. Y ello pese al pulso con el que el director tensa la flácida chicha que se derrama en el material de base. Da la impresión de que, independientemente del número de revisiones que se haga de esta historia, al final el malo es siempre Stieg Larsson.

Escucha la banda sonora en Spotify

Echa un vistazo a los títulos de crédito iniciales

Anímate a ver el tráiler de ocho minutos de la peli

Etiquetas: , ,

4 comentarios para “Crítica de ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’: con buena letra”

  1. Ricardo Dice:

    Larsson no es malo, simplemente es literariamente muy pobre. La novela original no es un maravilla de la literatura, pero es un producto no sólo entretenido, sino con una poderosa narrativa y con unos personajes magnéticos y poderosos, sobre todo, la anti heroína Salander.La adaptación de Zaillian recoge, brillantemente, los elementos principales de la novelay construye un relato sólido, con un evidente problema en la cuádruple conclusión (y mismo finales) de todos los misterios, respetuoso con el material original, pero quizá con una falta de ritmo evidente para una película, ya que el interés por la historia decae en los últimos minutos debido a esos múltiples finales, importando poco la conclusión.

    Lo cierto es que si no fuera un film de Fincher todos hubiéramos “pasado” de esta propuesta, ( la historia es tan conocida que es difícil aportar nada nuevo), pero el cineasta de Denver es un sello de calidad.Fincher ha evolucionado de estilista visual con talento a la realización de obras personales (Zodiac y Button) sin perder por el camino un ápice de su estilo. Su capacidad para las atmósferas, su cadencia narrativa, su pausa, su encuadre, su propuesta visual son tan propias como su apellido y le han convertido, por derecho propio, en uno de los cineastas más sugerentes del cine estadounidense, y en uno de los poetas visuales del finales del XX y principios del XXI. Sus propuestas estéticas son las únicas, junto a las de otro genio como Michael Mann, que han renovado el cine desde una concepción clásica del mismo, una renovación desde la imagen y la narración mediante ella, desde el cine entendido como el arte visual de contar una historia, sea ésta cuál sea. Fincher utiliza la luz y el tenebrismo mejor que los holandeses, la técnica cinematográfica mejor que Eisenstein y lo hace con una tranquilidad y un dominio pasmosos, sobre todo cuando ha afinado su pulso de la mano de dos excelentes guionistas como Aaron Sorkin (la red social) y Steven Zaillian, que han contribuido a la consagración de su estilo.

    En este sentido, “Millenium” no es una maravilla del séptimo arte, pero la atmósfera de depravación, el frío glacial, la locura, el desasosiego, la oscuridad, el ambiente insano traspasan la pantalla y te calan los huesos y el cerebro durante dos horas y media, conozcas la historia o no; y sea la investigación mejor o peor, las fascinantes y sugestivas imágenes que contiene la película no se olvidan y Fincher consigue que todos tus sentidos se empapen de ello, con la música del duo Reznor/Ross dejándote sn palabras y encogido en el asiento, y todo con una brillantez ténica pasmosa. Es la magia de la pantalla grande, la magia del talento del cineasta de Denver, al alcance de muy pocos.

    Lo mejor: el enorme talento de Fincher para poner en imágenes una historia ya sabida.Y los actores.

    Lo peor: que todos conoccemos la historia y que la capacidad de sorpresa es muy limitada, aunque a pesar de esto, la película funciona por sí misma. Las sonoridades de Ross/Reznor son muy parecidas a La Red Social. Esperemos que sigan evolucionando

  2. El Piloto Dice:

    Fincher es la estrella absoluta de la pelícua, y desmelenando el entusiasmo, incluso me invita a pensar en una segunda edad dorada del director/autor, recordando la gloriosa producción que comenzó con Easy Rider de Dennis Hopper y se cerró con la megalómana Las puertas del cielo de Cimino. En cualquier caso, admito bofetadas que me bajen la fiebre de mi actitud juvenil.

    Esta película es un sofisticado artefacto de ingeniería visual con poco espacio para el alma. Una especie de autómata capaz de ejecutar con precisión quirúrgica su competido, aunque con una total carencia de impronta. Ni siquiera el dueto de compositores musicales -las sonoridades son muy parecidas a La Red Social porque la mayoría de los espacios sonoros están generados con los mismos dispositivos analógicos; es como reprocharle a Thomas Newman una autorreferencialidad constante por el uso machacón del pizzicato… aunque a fin de cuentas, acabamos reprochándoselo- puede insuflarle vida al humanoide, que no deja de parecer sin acabar de ser.

    Quizás esa es la espada de Damocles de esta peli.

    Gracias por comentar :)

  3. Ricardo Dice:

    No es una cuestión de actitud juvenil, ni mucho menos, sólo diversas opiniones. En cualquier caso, el concepto autor (“auteur”) lo inventaron los franceses mucho antes de Easy Rider, en “Cahiers Du Cinema”, con Alfred Hitchcock, pero vamos, esto es harina de otro costal…un melón que ya calaremos en otro momento.

  4. El Piloto Dice:

    No me refería a que el concepto de autor se inventase con hopper, sino que en el periodo comprendido entre esas dos películas se desarrolló una etapa en hollywood donde las productoras fueron desplazadas por el director-autor; un periodo que esperemos que se reedite con la misma lucidez -aunque no son pocos los ejemplos de que, en cierto modo, aquel espíritu ha permeado en los tiempos actuales, con ejemplos de la talla del que tú dices, con Michael Mann, pero también con otros, como Darren Aronofsky, Christopher Nolan o James Gray- que entonces, sin alcanzar un malogrado ocaso como el que derrumbó el sueño del autor por entonces.

Deja un comentario, anda...