Crítica de ‘Melancolía’: Von Trier para todos

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El planeta Melancolía se estrella contra la Tierra, tras una macabra danza cósmica que acaba por hundir esta desconocida estrella azul en las entrañas de un planeta que se ha acomodado en rutinarios rituales “increíblemente triviales”, según asegura sorprendida Claire, el personaje que interpreta Charlotte Gainsbourg en lo último del danés Lars Von Trier.

Desde los primeros compases que constituyen un prólogo más estético que narrativo de esta película montada sobre dos actos, el polémico realizador pone las cartas sobre la mesa. No hay sorpresas en Melancolía. El fatum se presenta desde el inicio de la proyección, expuesto a través de una serie de postales que se muestran al modo de un poemario de lienzos vivientes, con referencias a John Everett Millais o a los primeros flamencos, como Pieter Brueghel.

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Angustia, simbolismo y… ¡mamellas! constantes en Lars Von Trier

Puede entenderse como cierta invitación a participar de las dotes augures que más tarde contaminarán una parte de la narración, tras el viraje hacia el género fantástico que supone la segunda parte del díptico que compone la película, en la que el espectador puede acabar encerrado en la demencia melancólica que atormenta a la ninfa Justine, alrededor de quien orbita toda la primera mitad.

Esa primera mitad, titulada precisamente como el personaje central de la narración en este pasaje, es la historia de una boda. Concretamente, del banquete de boda de Justine y Michael; un desfile de monstruos y de venenosos rituales que poco a poco irán aplastando el ánimo de Justine, quien acabará ahogada en una angustia tan oscura como clarividente. Precisamente, ese estado es el que marcará la pauta del segundo pasaje, ahora centrado en Claire, la hermana de Justine, que coqueteará con esa misma angustia por la inminente colisión de Melancolía, un planeta ignoto que se ocultaba tras el Sol, contra nuestro planeta.

La carga simbólica de los personajes, las situaciones y los elementos que conforman el relato es un punto fundamental en el cine de Von Trier, aunque en Melancolía es muy asequible para el espectador, lejos del hermetismo de la muy codificada Anticristo. Pese a que el valor interpretativo de muchos momentos de Melancolía puede llegar a ser muy subjetivo, en general todo lo que se cuenta se presta a una percepción bastante convencional.

En cualquier caso, este Von Trier de saldo no deja de ser el Von Trier cáustico que reconocemos en sus pelis más duras. La mala uva del controvertido danés rebosa bilis contra la especie humana en un plano final que deja claro, sin demasiados alardes ni circunloquios, qué opina sobre los seres a los que representa.

Es este un Von Trier que juega a la tragedia socarrona, o retratar su modo de ver el existencialismo, que hunde sus raíces precisamente en la cultura danesa desde Kierkegaard. No obstante, no hace falta buscarle tres pies al gato viendo Melancolía: el director no requiere de grandes esfuerzos por parte del espectador para comprender que, según el discurso de Von Trier, quien no se deprima ante el desfile de trivialidades, ritos y demás parafernalia materialista merece acabar con una enorme masa planetaria estrellándose contra su cabeza.

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