Crítica de ‘Súper 8′: porque tú también fuiste un Goonie

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Ingenuidad

Cuando se echa un vistazo al cine de género que se ha hecho en los últimos 40 años, uno de los puntos que más llama la atención de los cinéfagos es la sofisticación progresiva que han ido adoptando las pelis en cuanto al tono. Se hace cine para espectadores cada vez más listos (listillos, mejor dicho). Resulta difícil, cuando no imposible, dársela con queso a una platea que tiene referencias casi directas de cualquier cosa en esa Larrousse 2.0 que es la Wikipedia.

Ahí yace uno de los logros de Super 8. La peli hecha al alimón por J.J. Abrams y Steven Spielberg (más tarde explicaré porqué creo que está hecha al alimón) apela a la ingenuidad que empezó a desaparecer durante la segunda mitad de los años ochenta, en pleno cénit de cinefilia palomitera. Precisamente, esa ingenuidad, esa inocencia en el fondo y en la forma de este entrañable y a ratos siniestro cuento de ciencia-ficción, es vital para poder disfrutar lo que se cuenta durante casi dos horas.

El monstruo eres tú

A J.J. le gusta mucho, demasiado quizás, identificar al espectador con el bicho de sus fábulas. Lo hizo en Lost (con ese Humo Negro que adoptaba múltiples formas) y en Cloverfield (a través de una criatura que actuaba como catarsis que servía para agrupar a personajes alejados en una ciudad en caos). Aquí, sin querer dar demasiados detalles, también actúa de un modo similar. Y no se trata de algo nuevo.

Spielberg es un maestro en esas lindes. Y todas y cada una de las referencias directas que se puedan plantear a este respecto están presentes, con un descaro tan juvenil como el de su sexteto protagonista, en Super 8. Desde el temible escualo de Tiburón hasta el dulce alienígena de E.T, pasando por la incógnita y sobrenatural presencia de los extraterrestres de Encuentros en la Tercera Fase (e incluso, el canino cadáver de Willy el Tuerto de Los Goonies, que aunque no dirigida por el pequeño Steven, sí que está co-escrita y producida por él mismo). En todas ellas, el bicho, la criatura o la anónima presencia que mueve a los protagonistas surje, en mayor o menor medida, del conflicto que pueda ocupar a cada uno de ellos.

El valor surje del terror

El conflicto de Joe Lamb pasa por la pérdida. Una pérdida que va más allá de la muerte de su madre en un accidente laboral. Así, su soledad se traduce también en la ausencia de un padre que, aún más asustado que el propio niño, se refugia en la figura de protección y seguridad que el pueblo vierte sobre él, olvidando que alguien en su casa lo necesita aún más que una comunidad aterrada por una serie de sucesos paranormales que suceden tras un accidente de tren en la pequeña localidad.

La historia, estructura, ritmo y planteamiento del guión de Super 8 son de manual, y aunque parece que J.J. Abrams se limita a levantar un collage a partir de piezas prestadas del cine de Spielberg (quizás eso de levantar un collage adquiera más sentido si has visto la peli y recuerdas la escena final), la realidad, en la humilde opinión de quien suscribe, va más allá.

Abrams hace lo que siempre ha hecho: cuentos de personajes heridos y asustados. Y todo fluje en esa dirección. Desde el propio Joe, tras la desaparición de su madre, hasta el joven director de cine Charles, que esconde su timidez tras la gallardía de un realizador en ciernes y enamorado, pasando por el mismo misterio que se acaba encarnando el film, y que sirve como catalizador de la historia de Super 8: todo el miedo, todo el sufrimiento, y todos los daños que siempre acaban acarreando éstos, pueden evitarse a través de la comprensión del prójimo; del entendimiento entre todos.

Los cubitos

Por todo eso, y también por el gusto de Abrams y Spielberg por introducir posibles elementos oscuros o más o menos siniestros (véase la interpretación, cargada de Spoilers aunque no desencaminada para quien quiera hilar fino, de Miguel Ángel Uriondo acerca de los problemas entre la familia Lamb y los Dainard), así como por el carrusel de referencias (desde planos que redibujan imágenes grabadas en las retinas de los cinéfilos de más de 25-30 años, hasta recurrencias como que a Cary le llamen “bocazas” en un par de veces y recurra a explosivos como Data recurría a sus gadgets), Super 8 es una película que debería verse como un retroentretenimiento maravillosamente orquestado y que pintará una sonrisa en la boca de todos los que no tenemos miedo a que nos tomen por ingenuios.

Por cierto, obligación de quien haya disfrutado la peli es darle otra oportunidad a la magnífica banda sonora de Michael Giacchino, quien sin abandonar su estilo personal, homenajea a John Williams en cada compás de la partitura. Y de regalito, un tráiler interactivo de Super 8, incluído en el fenomenal juego Portal 2.

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