Crítica de ‘Un cuento chino’: nada es imposible

Un momento irrepetible
Una casualidad es casual, pero no por ello menos especial. Ni menos necesaria. Una porción única y exclusiva de existencia que se pierde, y de la que sólo perdura la estela, el surco en la arena, de quien pudo verla, sentirla, vivirla y saborear el agridulce néctar que emanó de esa herida en la realidad, justo antes de empezar a cicatrizar.
Casualidad es el nombre que no se escribe en esta película, Un cuento chino. Una fábula multicultural que sobrevive dentro y fuera de su propio mundo en un oasis que se resiste a la modernidad, la tecnología y el vertiginoso mundo que le rodea. Como le ocurre a su propio protagonista, Roberto. Ese ermitaño, anacoreta y cascarrabias que regenta una ferretería; meticuloso, rutinario, gris y nostálgico. Un cazador de momentos imposibles, de ironías perversas. De chistes helados contados por la providencia. Un tipo normal y corriente. Solo y solitario. Flagelado por su propia melancolía. Un observador lejano de casualidades que acaba siendo el centro sobre el que pivote una: un muchacho chino que, por obra y milagro de una carambola del destino, acaba con sus huesos instalados en la vida monótona de este ferretero.
Código desconocido
A pesar de que el joven chino no le toca nada a Roberto, y que la vida programada de este tipo no incluye amistades, invitados o romances, el muchacho no tiene a donde ir. El huraño ferretero le da unos días a la embajada de su país para localizar al único familiar vivo del chico, por lo que ese plazo se convierte en el viento que empuja las velas de nuestro antihéroe.
La falta de entendimiento de este argentino hijo de inmigrates italianos con su nuevo amigo chino no es una novedad. Roberto tampoco se entiende con el resto de su gente, y no por cuestiones de lengua. Ya comprenderemos bien avanzado este cuento que el lenguaje, el idioma, es la gasolina de un transporte que de poco podría servir en caso de grave avería del vehículo.
Un cuento chino es una parábola sobre el dolor y el aislamiento, contada con una ternura y un humor que se diluye con las dolorosas escenas que vienen a representar en este rosario de situaciones tan imposibles como la colección de recortes de Roberto. La película podrá ser entendida como una vacuna contra el nihilismo de quienes perdieron tanto la esperanza como para incluso no plantearse darse boleto de motu proprio. Otros verán en esta historia un relato de redención, de alguien que decide dar cerrojazo a sus cuentas pendientes y seguir adelante. Y los que más, podrán interpretar que, una vez más, se cuenta un relato de gente que, simplemente, se ven obligadas a avanzar.
En cualquier caso, cabe destacar cómo Un cuento chino es, por encima de todo, una película que consigue lo que pocas cintas logran con éxito: dar en la diana de lo que pretenden, valiéndose de todos los recursos a su alcance. Ricardo Darín reincide en ese delito que se le da tan bien, que no es otro que hacer que el espectador vea con sus propios ojos a un personaje que ni existió ni existirá antes de que se apagaran las luces de la sala, pero que existe con toda sinceridad durante ese maravilloso tiempo de penumbra. La música de Lucio Godoy luce como una de las mejores partituras del compositor paranaense, logrando momentos de una intensidad tal que consigue que se amolde en el conjunto sin que nos percatemos de que suena. Y cómo no, la divertida, acertada y muy hábil dirección de Sebastián Borensztein logra que ese constante, aunque pausado y calmo, cambio de registros nos ayude a entender que lo que nos ha ocurrido en algún momento, si no a cada segundo, no deja de ser un cuento chino.
Etiquetas: cine argentino, comedia, Críticas, drama

abril 22nd, 2012 a las 11:11 am
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