Crítica de ‘Insidious’: quiero y no puedo y no quiero

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El terror cuesta

No es fácil hacer cine de terror. Un puñado de temas recurrentes y la facilidad para caer en ridículos patinazos son amenazas reales para cualquier cineasta que quiera atreverse con el género. Hace siete años, el tándem australiano Wan-Whannell perpetró una gamberra y sofisticadamente sucia renovación del subgénero de serial killercon la primera entrega de Saw. Aquella película resultó ser un bofetazo de frescura, y maravilló a propios y extraños con su espectacular arranque y su aplastante final, aunque director y guionista demostraron su inexperiencia en un tramo central tan aburrido como abrupto en la narración.

Poco han aprendido estos chicos en todos estos años. Aunque llegan más hábiles. Con Insidious se cambian de campo, y aún dentro de la parcela del terror, se adentran en el terreno de la casa encantada, aunque con unos toques que, como en la macabra saga de Saw, introduce elementos ciertamente originales y certeros. El problema, no obstante, vuelve a estar en la dispersión y la obsesión de ambos por no ajustarse a unas normas que, si bien funcionan para los grandes maestros (De Palma, Polanski), estos chicos rechazan con el soberbio ímpetu de una juventud que ya se les debería haber pasado.

Colega, ¿dónde está mi fantasma?

Insidious arranca como un relato típico de casas encantadas, en la tradición de Terror en Amityville. Una familia acaba de mudarse a un nuevo hogar, donde tras un leve accidente empiezan a confirmarse una serie de hechos paranormales. Puertas que se abren, apariciones, sonidos en mitad de la noche y una amenaza que parece cernirse sobre uno de los pequeños de la familia que fue, precisamente, quien sufrió ese accidente. Como en las secuelas de Poltergeist, abandonar la casa no es la solución, y los acontecimientos lejos de mitigarse acaban por intensificarse.

A partir de aquí, y una vez expuesto un escaparate de situaciones más o menos bien resueltas, comienza el show de topicazos e intentonas por aportar un cierto sentido del humor autoparódico en el que ni el director James Wan ni el guionista Leigh Whannell saben atinar (el propio Whannell se lanza al ruedo de la actuaciónincluso en este término, como ya hiciera en la primera entrega de Saw).

El tren de la bruja

El problema en el que acaba cayendo Insidious es que la propuesta que quiere representar se acaba convirtiendo en un zapping de secuencias, cada una suscrita a una puesta en escena y un rumbo diferente a las demás. Como si de la casa de terror de una feria se tratase, la película deviene en un periplo de habitaciones vacías, cada una con su propio ambiente y demonios, con mucho humo artificial(muy artificial) y trucos de barraca que pecan de una previsibilidad pasmosa.

En muy probable que los fans más bizarretes del género se lo pasen pipa con alguno de los buenos momentos de Insidious (ojo con la presentación inicial del título, en la mejor tradición de Dario Argento). Pero en cualquier caso, la necesidad que se autoatribuyen sus artífices por amoldar la película a ciertas licencias que hagan de esta cinta una posible saga han acabado por convertir Insidious en un film que no hace sino prostituir el encanto que podría haber tenido por los ingresos en taquila de posibles secuelas.

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