Crítica de ‘Medianoche en París’: cualquier tiempo pasado no fue mejor

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Así, sí.

Woody Allen regresa después de años descalabrando su filmografía con errores como El sueño de Casandra, agridulces entremeses como Conocerás al hombre de tus sueños, o la pura prostitución de su sello en Vicky, Cristina, Barcelona. En los estertores de su etapa europea, Medianoche en París cierra el tríptico en tres batidas dedicado al Viejo Continente que ya iniciara con la sublime Match Point. Y de hecho, el broche de esta última película sirve para completar un círculo más que irregular.

En Medianoche en París hace lo que mejor sabe hacer: puro exhibicionismo. Allen se abre el batín y muestra al espectador su desnudo más cándido y amable, aunque sincero y mitómano. Muy mitómano. Y en la tradición de La rosa púrpura del Cairo, provoca una avería en la realidad para guisar un menú elaborado con comedia, romanticismo e, incluso, unas briznas de género fantástico, que sirven para reencontrarse, a través de su necesario alter ego, con algunos de los referentes inexcusables de su mundo interior.

Woody Allen no es imbécil

Todo lo contrario: hay que ser muy listo para hacerse el tonto con la disciplina de la que ha hecho gala en sus últimas y olvidables películas. Y aunque el arranque de la cinta promete con volver a mostrar un desinflado cóctel de topicazos para un cátering que acabaría por indigertársele al espectador (ese tren de imágenes de París, tan bella como postalera; esos snobs con los que tanto disfruta el director en mofa directa; la pareja imposible que establece puentes colgantes con lazos incomprensibles), el pequeño Sísifo de Manhattan acaba por llevar la roca a lo alto de la montaña.

El arranque, flojito aunque coherente y necesario para lo que está por venir, deviene en un divertidísimo y muy funambulista giro cuando el personaje al que interpreta Owen Wilson (con correcta mesura que no emborrona lo insoportable que es este actor a ojos de quien suscribe el texto) cruza la línea de la cordura para adentrarse en un mundo mágico que no desvelaremos para evitar romper la sorpresa que el espectador puede vivir al inicio del segundo acto.

Desde ese momento, el propio Woody Allen se enfrenta al espejo, ese al que lleva mirándose durante años a través de sus películas, y trata de exorcizar los demonios de su propia melancolía, casi psicoanalizando los miedos que proceden de su nostalgia. Y mientras lo hace, aprovecha para reirse a mandíbula batida de esa platea que, con actitud de gallo de gallinero, suscribe las frases del autor neoyorkino y aprovecha cualquier conversación para firmar a pie de página su adoración por el pequeño gran director judío.

Y es que resulta cómico, muy cómico, asistir al esperpento de espectadores que tratan de ilustrar a sus incómodos compañeros de sala mientras departen clases magistrales que nadie les pidió acerca de los muchos personajes que asisten al carrusel de celebridades que, por circunstancias que no desvelaremos, podremos conocer al cruzar la Medianoche en París. La escena enfrenta a esos petulantes y charlatanes espectadores contra la imagen de la que ellos mismos se descojonan con vergüenza no fingida cuando el personaje de Michael Sheen cae en el más absoluto de los ridículos al ser corregido con suave elegancia por el rol que encarna Carla Bruni.

Ese juego de espejos, que Allen lleva años destilando en las muy recomendables Ladrones de mediopelo, Misterioso asesinato en Manhattan o la propia La rosa púrpula del Cairo (y con el que homenajea sin descanso a Orson Welles) es precisamente uno de los puntos fuertes de la narrativa de Medianoche en París. Sin dejar de lado, por supuesto, el tierno retrato con el que Allen se desnuda la piel burguesa y regresa, con el ímpetu de un anciano juvenil atrapado en un mundo al que asiste con demencia senil, y reivindica que en los sueños se puede, y se debe, vivir libre y sin más injerencias que el deseo y la honestidad.

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