Crítica de ‘El discurso del Rey’: la humanidad de la imperfección

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Recuerda que sólo eres un hombre

Jorge VI, Rey de Inglaterra, nunca necesitó un esclavo que sostuviese su corona de laurel. Para eso, tenía a Lionel Logue, un actor fracasado a quien el dolor de la I Guerra Mundial moldeó para transformar en un logopeda sin titulación. La escena del Triunfo Romano, en la que el siervo del César le recordaba su naturaleza terrenal, pese a las glorias divinas que caían sobre los hombros del exhultante Comandante de las Huestes de Roma, es la máxima que esta película, El discurso del Rey, toma como tema recurrente.

Para ello, adopta un elegante tono de cinismo inglés que su director, Tom Hooper, ya escupió a raudales en la anterior Damned United. Antes de ser Jorge VI, el Duque de York era conocido en su familia como Bertie, y llegó a alcanzar el trono arrastrando una esperpéntica tartamudez. Esta situación le empujó a reclamar los servicios de los más reputados profesionales en el campo del habla. Pero, fracaso tras fracaso, y ante la imperiosa necesidad de cubrir las espaldas del negligente heredero que acabaría siendo su hermano mayor, la frustración de Bertie acabó por toparse con la testarudez de un plebeyo que sentía más respeto por su oficio que por una corona: el propio Lionel.

La simple complejidad de lo humano

Varias lecturas son las que se dan en este filme. Aquí precisamente nos topamos con la primera razón por la que recomendaría a cualquiera con más curiosida que necesidad de entretenimiento a dedicarle un par de horas a El discurso del Rey. Por un lado, lo evidente. El retrato de Jorge VI es fabuloso por la libertad que se toma en reducirlo al esperpento, con un cariño que ayuda a humanizar a un personaje que, por cuestiones históricas, acabó por escribir su nombre en uno de los capítulos más determinantes de Europa. Ojo: Colin Firthtiene mucho que ver en este punto. Suyo, sin duda, será el Oscar que el año pasado no pudo recibir por Un hombre soltero.

Otro punto a destacar es la forma en que Hooper dibuja sobre el lienzo de esta peli su idea de la fragilidad; cada vez que el muy pusilánime Bertie tartamudea mientras su terapeuta le instruye con trucos de barraca, se asiste a una broma pesada que interrumpe la risotada cuando se recuerda que escenas de ese tipo impregnan los episodio más solemnes de la historia. Más aún cuando el propio Lionel arenga a su apocopado amigo a hacerse con un poder que él mismo se niega por la castración verbal que le aqueja en cada comparencia.

Pero sin duda, lo que más brilla a ojos de este humilde redactor, es la capacidad que tiene la película de ser vista como un cuento infantil sobre la responsabilidad. No hay heroicidades patentes, sino más bien roles bellacos que exprimen las limitaciones de un adulto encerrado en un baúl de miedos infantiles. Y sin embargo, el coraje innato que tiene el Jorge VI de este El discurso del Rey resulta enternecedor, al demostrar cómo el miedo que azota a tan monárquico personaje, lejos de arengarle a poner pies en polvorosa, lo clava literalmente al piso de sus obligaciones no asignadas.

Poco a poco

Tom Hooper ha recurrido a una narración muy sencilla. Eso es algo tan valiente como la propia actitud de su protagonista. Comienza retratando a su atemorizado personaje en estancias amplias que imprimen una poderosa soledad sobre este pequeñajo encerrado en cuerpo de hombre. Y además, en habitaciones parcas, austeras, casi retratando ese mundo interior que yace en silencio por el miendo a tropezar con sus propias palabras.

Y a medida que el filme avanza, los entornos van completándose, como las capacidades del propio protagonista. Se llenan de color; vemos exteriores; el ojo de su director no se limita entonces a montajes asincopados de plano y contraplano, sino que se mueven a sus anchas por la escena. Las habilidades verbales de Bertie van de la mano de la fluidez en la narración. Todo un acierto por parte del autor.

Y como cierre, hay que destacar también la música de Alexander Desplat, que este año es casi seguro que vuelva a optar al Oscar, que ya tiene por la partitura de El curioso caso de Benjamin Button, aunque ya sabemos que la contienda en esta ocasión se lidiará entre el tándem formado por Trent Reznor y Atticus Ross, por La Red Social, contra el sempiterno nominado Hans Zimmer, por Origen.

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