Crítica de ‘El Turista’: Jolie Connection

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Por y para Jolie

Así se resume El Turista. Poco más de una hora y media de suficiencia y vergüenza ajena. La máxima responsabilidad del éxito o fracaso de esta película cae sobre los huesudos hombros de esta señora cargadita de confianza en sí misma.

A pesar del aval que garantizaba la presencia de Florian Henckel-Donnersmarck como director de El Turista, todo quedó en un espejismo. Su primer trabajo americano (segundo de su carrera, recordemos) se ha quedado en una pirotecnia de pólvora mojada. Como un regalo con mejor envoltorio que chicha.

Venecia Rulez

El principal atractivo de facto de El Turista está en sus localizaciones. Rodada entre unfugaz primer acto en París y un desarollo con conclusión en Venecia, la película acaba por resonar en las retinas de los espectadores como una vasta promo publicitaria de la ciudad de los canales. El escaso interés que suscita la trama invita a zambullirse en las calles anegadas de la ciudad italiana como revulsivo ante la aburridísima historia que ni siquiera sus carismáticos protagonistas pueden hacer el conato de salvación.

Johnny Depp, ese muchacho que hizo un pacto con el diablo para no envecejer, brilla con su peculiar y habitual sentido de la excentricidad. Lo suyo es un carnaval de sutilezas, con gestos que divierten a la cámara y al espectador, y que se convierten en el más fiel aliado para no arrojar el paquete de palomitas contra la pantalla en un derroche de dignidad por haber pagado para ver semejante porquería.

Talento más talento, ¿igual a bodrio?

No se entiende que contando con un Dream Team de estrellas (en todos los aspectos de la producción), El Turista haya acabado por ser un producto tan hueco como innecesario. Florian Henckel-Donnersmarck firmó una de las películas más interesantes de la recién cerrada década para el cine europeo (si no la mejor), La vida de los otros. El guión es del oscarizado y siempre efectivo Christopher McQuarrie (responsable de esa joya que conocemos como Sospechosos Habituales). Colleen Atwood colabora con su peculiar sentido de la envoltura a manos del vestuario. Y el siempre grande James Newton-Howard firma una partitura tan irregular como genial por momentos.

¿Qué falla? A juicio del mequetrefe abajo firmante, el problema está en la Jolie. La soberbia que exala en cada plano crea una antipatía que sólo podría ser admirada por los groupies del divismo. Hoy día, la fórmula no funciona. Miss Angelina se ve a sí misma en una peli de otro tiempo, y hace severos esfuerzos por empaquetar el filme en la segunda edad de oro de Hollywood, aunque el producto no acaba cuajando.

Por supuesto, la necesidad de hacer que todo encaje sí o sí también zarandea las intenciones finales de lo que se anticipaba como un producto de calidad. Casi nada en la trama tiene sentido, pero la categórica importancia de que lo tenga hace que los sucesos más inverosímiles e incoherentes se den cita en este desfile del absurdo que, en el mejor de los casos, acabará en la papelera de reciclaje de todo aquel que haya pasado por caja.

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