Crítica de ‘Balada triste de trompeta’: historias para no reir

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Huracán de la Iglesia

Álex de la Iglesia es el pata negra del cine español. En fondo y forma. Ríase usted de los Amenábar, Almodóvar, Bayonas y demás franquiciados en el mercado exterior. Álex es nuestro Álex. Auténtico, fiel y desbocado. Pese al puntual escarceo con el cine de consumo (Los crímenes de Oxford), Álex de la Iglesia ha sabido hacer su cine. El suyo. El de todos.

En Balada triste de trompeta hace un cine tan hermético por el contenido como universal por lo simbólico. Los dientes del engranaje de esta máquina salvaje y bestial se componen del anecdotario histórico de este país esquizofrénico que es España. Pero la forma en este juglar de la imagen cuenta su historia podría ser admirada de un modo profundo por cualquier espectador ajeno a la historia reciente del país. E incluso, sin dominar la lengua (aunque se perdería alguna de las joyas más corrosivas que se han visto en una pantalla).

Con la salvedad de la bombástica aunque limitada Carolina Bang, Balada triste de tropeta es un película en estado puro y primitivo. La habilidad del director con la que hace añicos una carcajada en cuestión de segundos para sumergirte en un tifón de terror es asombrosa y escalofriante. También lo es la capacidad onírica del relato, atreviéndose incluso con algún pasaje chamanista que abofetea la suficiencia de Lars Von Trier y su Anticristo.

Carlos y Antonio arrasan

Como siempre, Álex de la Iglesia coreografía a la perfección el ballet de esperpentos con algunos de los personajes habituales de su troupè. Se le unen ahora unbrillantísimo y espeluznante Antonio de la Torre, en uno de los papeles más politicamente incorrectos de toda la historia de nuestro cine y que mejor se han esbozado con un par de pinceladas inyectadas en sangre.

Carlos Areces salta a la pantalla grande de Álex tras el cómico romance de ambos en Plutón BRB Nero. El talento y valentía de Areces se puede saborear en cada plano que devora como animal hambriento, y quizás por eso la presencia de Carolina Bang se limita en teta y culo (puede que no sea tan limitada como parece, y que haya quedado brutalmente aplastada por la pareja protagonista).

Suavemente me mata

Álex de la Iglesia es un pequeño cabrón perverso. Disfruta haciéndonos sufrir. Y nosotros, disfrutamos sufriendo con su universo retorcido (un tema que cabría analizar por algún sesudo con menos resacas que yo a las espaldas, por la relación autor-espectador que podría establecerse entre los personajes de Carolina Bang y Antonio de la Torre en pantalla).

Pero después de ver Balada triste de trompeta, da la impresión de que todo su cine anterior estaba encorsetado en una contención de la violencia que en su última película ha campado a sus anchas, desbocada como el propio Payaso Triste por las calles de Madrid. Y lo peor (o lo mejor) de todo, es que es una violencia tan apetitosa como desagradable; tan magnética como repulsiva; tan teatral como visceral.

De la risa al llanto. Del lamento al júbilo. Del cuchillo a la pistola. Del amor al odio. De la izquierda a la derecha. El perfecto retrato de la esquizofrenia de un país que confundió el amor con la obsesión.

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