Crítica de ‘Ahora los padres son ellos’: testiculocracia con muy poca gracia

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Ben Stiller

El cliché del artista judío que por narices (nunca mejor dicho) debe ser gracioso. Lo es, no me entiendas mal. Zoolander es un vademécum del humor mainstream contemporáneo. Pero esa perrilla suya de aunar humor grotesco con el mundo de la familia, personalmente, me parece vomitiva.

La primera entrega de esta franquicia tenía su punto. Frescura y mala leche. Buenos compañeros para el aburrido humor de masas hollywoodiense. La segunda apostó por el morbo de apretar las tuercas a la fórmula poniendo en duda la testiculocracia de la premisa inicial (el patriarcado de la familia occidental como conflicto cómico), y aún flaqueando, salió magullada aunque victoriosa. Pero lo de esta tercera parte no es sino elbotezo final que desencaja la mandíbula de cualquiera que encuentre más estimulante pasarse una tarde buscando caras de Bélmez en una pared de gotelé.

Secuencias que roban carcajadas las hay. Faltaría que encima no hubiese algo de humor en este pastiche industrial. El problema es la falta de naturalidad con la que las ocurriencias hilarantes se hilvaban en la historia. Da la impresión por momentos de estar en una sala de espera en la que aguardar un gag que conecte con nuestro sentido del humor. Claro está, a menor expectativa y exigencia, más se podrá disfrutar esta montaña rusa de tópicos y sospechosos habituales del género.

Stiller y sus compinches

Mención aparte merece el reparto. Ben Stiller, en su salsa, de nuevo en la piel de ese personaje patético y circunflejo que no aprende de ocasiones anteriores y espera hasta el tramo final del metraje para dar un golpe en la mesa. Robert de Niro avanza en esa espiral de autodestrucción artística, y no es ni el reflejo del soberbio creador de personajes que vimos en películas que ya se antojan de otra era.

Dustin Hoffman se pone al servicio de la payasada común, y al menos parece lo más honesto de esta caterva de pamplinas. Barbra Streisand cumple con su alter ego caricaturesco de la Duquesa de Alba. Y Owen Wilson mantiene a raya cualquier atisbo de calidad para seguir siendo el insoportable actor puede llegar a crear una severa confusión conceptual entre la risa y la arcada.

En resumidas cuentas, esta película sólo debería ser prescrita para quien no sienta ningún aprecio por las monedas que emplee en pagar los desorbitados precios de las entradas, o para aquellos que no pongan problemas en que les roben a punta de humor del malo un par de horas de sus vidas.

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