Crítica de El Escritor: el oficio del director

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La vieja guardia

En Rocknrolla, el mafioso Lenny Cole (Tom Wilkinson, cuya presencia se americaniza en El Escritor) recuerda a su compinche que no hay escuela como la vieja escuela. La misma que Polanski reivindica en esta película como punto de vista para contar una intriga. El polaco afrancesado vuelve acortar un thriller con el patrón de Frenético, y limita la experiencia del espectador a través de los ojos de su vulgar y corriente protagonista, obligado a transformarse por el bien de su pescuezo.

El negro fantasma

El Escritor es la historia de un negro. O escritor fantasma, como denominan los anglosajones al escribiente de encargo que trabaja en la sombra. Ewan McGregor es el autor de las memorias del ex Primer Ministro Británico, Adam Lang (Pierce Brosnan, que se pasa al otro lado del espionaje tras los James Bond y la muy loable El Sastre de Panamá). Ha heredado el trabajo después de que su predecesor aparezca muerto en extrañas circunstancias. Desde ese momento, comenzará a trabajar en la biografía de este personaje que está en el punto de mira de las autoridades internacionales por su presunta implicación en crueles crímenes de guerra.

Entre Huston y Reverte

El Escritor es una peli de detectives, y Polanski no se esfuerza en ocultarlo, pese a que su protagonista se resiste activamente a servirse en la historia. Hay mucho de La Novena Puerta en este film, aunque donde aquella falló (el entusiasmo de aquella intriga satanista se desinflaba conforme avanzaba el metraje de la cinta) ésta se hace fuerte.

La sorpresa no es un invitado en este trabajo, de modo que podemos estar despreocupados del momento en que el director encienda la luz para mostrarnos a los monstruos del armario. En este sentido, el cine negro que inauguró en su forma moderna John Huston con El Halcón Maltés tiene mucho que agradecerse como responsable del buen sabor de boca que deja El Escritor.

No resulta tan importante la resolución como la forma en que se articula, y Polanski ha sabido armar imágenes poderosas y sencillas que merecen un lugar de honor dentro de la producción moderna del thriller (últimamente,demasiado obsesionada en el “qué” más que en el “cómo”, pilar fundacional del género).

El Escritor es un ejemplo claro del oficio del director, especialmente, en el aspecto del montaje y la planificación. El plano-secuencia de la nota escalando posiciones en la escena final o la ambigüedad lúdica con la que se presenta Adam Lang en cada escena muestran el entusiasmo de Polanski por resucitar su interés y ciencia en un género que, en sus últimas visitas, había adolecido de demasiadas injerencias.

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