J.D. Salinger murió entre el centeno

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Recuerdo cuando lo leí

Creo que fue en verano de 2003. O Quizás de 2002. Sé que era una edición de bolsillo de Alianza Editorial, un poco ajada por el tiempo y por la mala compañía, fruto del orden por criterio alfabético. Lo saqué de la biblioteca de la antigua Facultad de Ciencias de la Información, antes de que semudara de sitio y de nombre. Lo recuerdo perfectamente.

Un par de noches de verano

Aún no era verano. Pero ya se sabe que en Sevilla el heraldo estival llega con antelación para que a nadie le coja por sorpresa. Fueron eso, un par de noches. No muy agradables, la verdad. Puede que por eso lo recuerde. La sintonía entre el contexto de la lectura y la pérdida de la inocencia de aquel muchacho que dejaba de ser un niño para ser adulto ante el misterio de los patos de Central Park. Algo de mí también se evaporó en aquel par de noches. Y no fue por El Guardián entre el Centeno, aquel que protegía a los niños de caer en un abismo de grises responsabilidades ante un mundo cuya hostilidad estaba en el desdén por el porvernir de los críos que dejaban de ser tal.

Un libro y un autor malditos

Adoro la última foto que se conserva de Salinger. Es la que inicia este post. Hace unos años leí la historia que la contextualiza. El escritor llevaba años recluido. Sólo había publicado tres libros más después del Guardián. Era literalmente imposible tomar una imagen suya. Era esquivo y celoso de su intimidad hasta puntos realmente esquizofrénicos.

Un periodista tuvo la brillante idea de iniciar la actividad del paparazzi, y para ello, se ocultó en el maletero del coche de Salinger, con la esperanza de tomar una instantánea en el mundo cotidiano del escritor. Cuando éste abrió el maletero, vio a ese cíclope entrometido. Se enervó y trató de golpear al desagradable intruso, que con una sonrisa que pronto estaría mellada acompañó el fogonazo de la cámara, capturando para siempre el último rostro de Salinger. Un rostro que a lo largo de los años ha alimentado la imagen ponzoñosa que para siempre perdurará en el imaginario colectivo cuando se hable del autor maldito.

Su Guardián entre el Centeno estaba maldito. Cuando lo leí, esperaba encontrar alguna traza que dejara claro porqué estaba asociado a una oleada de suicidios; porqué Charles Manson lo considera su libro favorito; porqué Mark Chapman lo llevaba bajo el abrigo el día que disparó a Lennon.

Pero no vi nada de eso

Y seguramente, Salinger tampoco. Debió cabrearse mucho la quincuagésimocuarta vez que le pregutaron sobre la siniestra influencia de su libro. Y se apartó del mundo. Decía no formar parte de él. Del mundo, se entiende. Así que se apartó del mundo. Un pequeño golpe de honestidad que ha enfurecido la curiosidad de periodistas y listillos a lo largo de los años.

C’est la vie, c’est fini

Pero se acabó. Le han puesto el traje de pino a Salinger. Y con él, al misterio que inspiró a su Guardián. Hasta que sus herederos reciban un orondo cheque que le ponga precio al hermetismo del escritor. Así es la vida.

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