La herencia Valdemar: Lovecraft meets Garci

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Crítica al estilo díptico: segunda (y por mis castas, última) parte

Lo que me temía. No quiero gastar mucho tiempo en esto. Los temores no resultaron ser infundados. Ponte en situación. La herencia Valdemar es un díptico. Una historia convenientemente cercenada en dos películas. Y dos entradas. Ver la peli completa va a costar unos trece o catorce euros.

No veas si es listo el Alemán

El alemán sabemos que es eficiente y rentable. El alemán de Germania. Porque el Alemán de España es un zorro más listo que el hambre. El tipo vende la burra de una película de gran presupuesto (13 millones de euros) sin el amparo de subvenciones públicas (con la salvedad de lasconcedidas por el Gobierno cántabro por localizar exteriores en la región). Atento: nos vende la burra. No son 13 millones por una peli, sino por dos. Dos pelis que, insisto, nos van a cobrar el doble.

Porque La herencia Valdemar no tiene conclusión

Esta estafa primera parte sitúa en escena al espectador y narra, fundamentalmente, los hechos acaecidos en la mansión Valdemar durante el siglo XIX. Los misterios de la era presente quedan astutamente guardados en el arcón de la falsa secuela que veremos tras el verano. Que yo, rubrico, veré en casa. Porque además de pretendidamente interrumpida, La herencia Valdemar es una peli rancia y muy mal dirigida.

José Luís Alemán no sabe dirigir actores, y con las puntuales excepciones de Laia Marull, Jimmy Barnatán y, muy de pasada, Óscar Jaenada, todos están desastrosos. La responsabilidad no es de éstos, sino de un guión plagado de malas frases y de una dirección de actores nefasta que deja clara la inexperiencia de este abogado metido a Orson Welles.

Ya está, hombre

Mucho me estoy extendiendo. Mira, hazte una idea rápida. La herencia Valdemar es la película que Garci hubiese hecho una y otra vez si en lugar de Benito Pérez Galdós se hubiese obsesionado por Lovecraft.

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