Dexter Temporada 4: porque no todas las series te toman por estúpido

Empecemos con una confesión.

Dexter es una serie que nunca me interesó especialmente. Siempre me pareció que era a Showtime lo que Sexo en Nueva York a HBO. Pero como me interesa más la violencia que el sarcasmo sexista (y probablemente, a tí también, aunque no quieras reconocerlo), Dexter era una opción más digestiva que el circo de Sarah-Jessica.

El referente inicial de Dexter era claro.

La sombra de A dos metros bajo tierra es alargada, y la historia de esteasesino en serie de asesino en serie se antojaba más como una broma en la que el hijo de los Fisher enviaba trabajo a casa que como una historia con empaque propio. Ojo. Hablo de la versión televisiva, no de los originales literarios, que no tengo el gusto de conocer.

Dexter ha sido un ejemplo a seguir.

Poca series, si no ninguna, tienen un arco argumental tan poderoso como Dexter en el desarrollo de sus temporadas. Me remito a Hernán Casciari, quien ha expresado mejor que nadie el in crecendo narrativo experimentado por esta serie, tanto en forma como contenido. Y la cuarta temporada es el canto del cisne de esta evolución.

Nadie es perfecto.

Y ahí está la clave del éxito de Dexter. Y de otras series que han sabido explotarlo (especialmente, Los Soprano o Mad Men). Siempre hemos conocido a un personaje brutalmente imperfecto que se ocultaba bajo una máscara de perfección. Bueno, eso no estuvo mal. Pero ver a Dexter perder los papeles, mientras es azotado moralmente por el pepito grillo del fantasma de su padre… ha sido una gozada. La ruptura del código, el nuevo referente, la destrucción de los planes y, básicamente, la irrupción del asesino en el entorno cotidiano, han sido motivos más que suficiente para partirse las manos aplaudiendo con cada uno de los episodios. Especialmente, si se hacía en silencio al son de la sintonía de los créditos finales (que, por otro lado, parece haber sido compuesta especialmente para esta temporada).

La Capilla Sixtina del crimen catódico.

Me vuelve loco un episodio en especial de esta cuarta temporada. Hungry Man, o lo que es lo mismo, 4×09. El episodio que se emitió en el fin de semana de Acción de Gracias transcurre precisamente en tan sonada fecha. Y lo tiene todo. Se me ocurre la analogía con The Constant en Perdidos o Three Stories en House. No es que sean, sólo, ejercicios de estilo dentro de sus propias series. Además, marcan la diferencia. La temporada entera me estaba encantando, pero con este episodio se pusieron las cartas sobre la mesa y se dejó claro que, este año, la cosa en Dexter iba muy en serio.

Un hombre que adora los retos.

Dexter Morgan tiene algo de héroe. Siempre se enfrenta a la adversidad y lucha contra un monstruo de final de fase. El clímax de cada temporada contaba con un enfrentamiento físico que tenía su reflejo en una confrontación moral y filosófica en el interior de este adorable homicida.

Pero el clímax de Dexter en esta cuarta temporada es repulsivo. Terrible.

Inesperado.

Y, paradójicamente, bello, armónico. Y estúpidamente previsible. Digo estúpidamente porque no creo que nadie sea capaz de saber qué va a ocurrir. Nadie. No obstante, tiene una lógica circular que es precisamente lo que convierte en algo perfecto (amén del evidente referente cinematográfico que no revelaremos, pero que seguro conoces, si has terminado de ver esta temporada).

Todo esto, al final, nos lleva a la pregunta que siempre nos hemos hecho a la conclusión de cada temporada.

¿Qué diablos van a inventarse ahora para que Dexter funcione en otra entrega?

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