Crítica de ‘Los Vengadores’: Iron Man y compañía

30 de abril de 2012 | 1:10 pm

Los Vengadores

Si no me falla la memoria, la idea de hacer un gazpacho cargadito de superhéroes parte de Iron Man, es decir, del año 2008. Ya entonces empiezan a conjugarse todos los ingredientes que, año tras año, han venido funcionando como precuelas episódicas de Los Vengadores, adaptación de una de las líneas best of the best del sello Marvel. En cuando la editora de tebeos se hizo con su propia firma cinematográfica y pudo adquirir los derechos de explotación de los personajes que integran su troupè para el celuloide, se puso manos a la obra. Así, lo que se anticipaba como un proyecto patente aunque aún nebuloso en la primera aventura de Tony Stark acabó componiendo un retal de personajes, cada uno con su propio universo, cuyas vías convergían en este menú explosivo.

Pasemos revista. Con las dos entregas de Iron Man empezamos a conocer a los personajes que servirán de enlaces para cada una de las entregas previas a Los Vengadores. Nick Furia y el Agente Coulson participan en todas las fiestas, pero no será hasta Thor y Capitán América cuando comience a dársele continuidad al relato precedente, introduciendo dos elementos fundamentales en el argumento de Los Vengadores: el tesaracto —o cubo cósmico— y el dios Loki. Un par de adaptaciones de Hulk pululan entremedio. Una vez puestas todas las cartas sobre la mesa, la intención de la película es, por un lado, justificar la cohesión de esta bomba de relojería, como define el doctor Bruce Banner AKA Hulk al grupo; por otro, desarrollar una trama en la que la evolución entre los distintos personajes case con el aguacero de acción al servicio del espectáculo que requiere un menú King Size de este calibre.

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Crítica de ‘Intocable’: Movie for the Masses

22 de abril de 2012 | 11:11 am

Intocable

Es difícil conciliar la idea de una obra artística —en cualquiera de sus manifestaciones— de compleja arquitectura que, al mismo tiempo, satisfaga el buche de una audiencia mayoritaria que tenga que esforzarse a regañadientes en descodificarla. Es realmente difícil. Esta premisa se convierte en una tesis de trabajo que respalda la holgazanería de quien, ante un bombazo de taquilla como Intocable, se limita a exiliar la posible calidad de una cinta como la que han dirigido a cuatro manos los franceses Eric Toledano y Olivier Nakache.

Y que no se me entienda mal. Intocable tiene truco. Tras generosas capaz del maquillaje que administra su guión, que sigue a pies juntillas toda las estrategias de cualquier manual de escritura cinematográfica, el artefacto se desvela escuálido y carente de todo el peso que podría haber propuesto. Pero es injusto cuestionar una película como esta desde un prisma que trascienda el puro academicismo comercial. Y es que Intocable es, ante todo, una escalera de color que le hace la industria francesa a una cartelera que abusa de los CGI y de los códigos culturales que llegan facturados de importación a las salas de cine europeas —¡¡¡y que se coloca en el puesto 120 de la IMDb con una puntuación de 8,4!!!—.

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Crítica de ‘Los idus de marzo’: Todos los hombres del (candidato a) presidente

17 de marzo de 2012 | 10:22 am

Los idus de marzo

George Clooney es un hombre con una cierta conciencia política. O al menos, eso se esfuerza en subrayar públicamente. Su visión no es edulcorada ni optimista. Y en Los idus de marzo vomita toda la bilis que puede que lleve años almacenándose en los conductos gástricos de su cinefilia. Eso sí, que no falte institucionalismo en fondo y forma. Ya desde el comienzo mismo de la cinta deja claro el amor que profesa el cano guaperas cafetero por el thriller político setentero. Diríase que Los idus de marzo es una carta de amor adolescente al mejor Pakula, con algún que otro arquetipo directamente importado desde aquella forma de hacer cine comercial, en la que al espectador se le presuponía algo de inteligencia.

Toda la primera mitad de la cinta traza el retrato del idealismo, silueteado dentro de las formas de un Ryan Gosling que una vez más demuestra que lo suyo es ser un jamón de pata negra, cinco jotas y cortado en delgadísimas lonchas. En torno al joven responsable de comunicación de la campaña del políticamente apolíneo Mike Morris —¿ha trasladado Clooney a Harrison Ford como el ideal de presidente norteamericano?— una camarilla personajes pululan circundando la pureza del héroe trágico: el sabio y venenoso director de campaña, el adulador y sibilino tentador que representa a la otra parte, la periodista que esconde a una carroñera tras la piel de la inocencia y, cómo no, la becaria zumbona que pondrá todo patas arriba. Como telón de fondo, uno de los escenarios del cainismo de occidente: unas primarias demócratas en Estados Unidos.

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Crítica de ‘Luces Rojas’: Cortés busca el prestigio

4 de marzo de 2012 | 11:48 pm

Luces Rojas

En apenas cinco años, Rodrigo Cortés lo ha petado. Fue entonces cuando se estrenó Concursante, su esperada opera prima, con la que saltaba al largometraje tras una muy laureada trayectoria como cortometrajista. 15 Días fue la pequeña gran película que más aplausos le valió hasta el momento. Y bien merecidos además. Un pequeño experimento destinado al lucimiento y a la morbosa atención del circuito internacional puso su nombre en boca de propios y extraños. La película era Buried, una obrita equipada con la misma pólvora mojada que esta Luces Rojas.

Ahora, por lo menos, Cortés se libera de la impostura de los ejercicios de estilo que quiso proyectar con aquella pirotécnica intriga funeraria. Luces Rojas no le tiene miedo a los convencionalismos, y en ese sentido, se agradece que el hombre orquesta –porque Rodrigo Cortés dirige, escribe, edita, pinta y colorea, como diría Cristina Domínguez– salga a la plaza a pecho descubierto, dispuesto a dar capotazos defendiéndose únicamente con el estoque que blande en forma de dirección y guión. Bueno, sí. Y montaje.

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Crítica de ‘La mujer de negro’: con la Hammer dando

26 de febrero de 2012 | 12:51 pm

La mujer de negro

La última película que vi del sello Hammer era un auténtico despropósito. Se llamaba La víctima perfecta, y os juro que cuando apareció el nombre de la mítica productora inglesa se me puso el vello de punta. Fue un presagio desafortunado, ya que aquella cinta era bazofia telefilmera, y la prueba, una vez más, de que Hillary Swank es la actriz oscarizada con peor criterio a la hora de elegir proyectos. Eso, o su agente es el tipo con peor olfato de la industria.

Cuando supe de esta peli, La mujer de negro, me entusiasmé en un primer momento. El tráiler parecía recuperar una tradición que, pese a escarceos tan puntuales como acertados –ahí tenemos Los Otros de Amenábar–, dormía el sueño de los justos: la del terror sobrenatural de estética victoriana. Pero en el momento en que salió el logo de la Hammer, suspiré recordando la patata caliente protagonizada por Swank. Además, La mujer de negro contaba con la responsabilidad añadida de quitarle la varita y el uniforme de Hogwards a Harry Potter. En fin, mucho peso. Mucho lastre.

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Crítica de ‘Shame’: la pequeña muerte

19 de febrero de 2012 | 7:14 pm

Shame

“¡Qué fea! ¡No vuelvo a elegir yo la película!”. Una espectadora de mediana edad salía escopetada hacia la puerta en cuanto comenzaron los créditos finales de Shame. Tras ella, el que parecía ser su pareja, siguiéndola a una distancia que no podía cubrir si no se marcaba una carrerita. Eché un vistazo alrededor, y aunque no había tanta asqueada pasión en el resto de parroquianos de la sala, no faltaban expresiones de desagrado en señal de balance ante lo que acababan de presenciar. No es para menos.

Shame es una película incómoda. Qué coño: es una patada en los huevos. Y la forma en que muchos de los allí reunidos nos lamíamos la entrepierna tras el puntapié inflingido es razón más que suficiente para decir a boca llena que la última película de Steve McQueen es, de acuerdo a sus intenciones, perfecta.

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Crítica de ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’: con buena letra

14 de enero de 2012 | 6:35 pm

Los hombres que no amaban a las mujeres

Hay dos tópicos que, si me permites, son veneno puro: el libro es mejor que la peli y el remake es peor que la original. No hablo de este caso en concreto -versión americanizada de la adaptación sueca de uno de los best sellers a nivel mundial más conocidos de la moderna novela negra-.

No conozco la novela de Larsson, aunque sí la primera aproximación cinematográfica firmada por Niels Arden Oplev, una película llamada a ser un patanegra para la exportación de cine sueco en el resto del mundo y que puso en ridículo a la industria fílmica autóctona: aquel primer Millenium -nombre que cierra el tríptico de novelas y películas, así como una miniserie- no pasó de la apariencia telefilmera sin más argumentos que una trama cobardica que no le echaba pelotas a las posibilidades de un entorno familiar hostil, xenófobo y literalmente nazi cargado de nutrientes dramáticos. Lejos de ello, se quedó en el picor que produce una herida mientras cicatriza: plaqueta pura, y aquí paz y después, gloria.

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Crítica de ‘Melancolía’: Von Trier para todos

20 de noviembre de 2011 | 3:20 pm

Crítica de Melancolía

El planeta Melancolía se estrella contra la Tierra, tras una macabra danza cósmica que acaba por hundir esta desconocida estrella azul en las entrañas de un planeta que se ha acomodado en rutinarios rituales “increíblemente triviales”, según asegura sorprendida Claire, el personaje que interpreta Charlotte Gainsbourg en lo último del danés Lars Von Trier.

Desde los primeros compases que constituyen un prólogo más estético que narrativo de esta película montada sobre dos actos, el polémico realizador pone las cartas sobre la mesa. No hay sorpresas en Melancolía. El fatum se presenta desde el inicio de la proyección, expuesto a través de una serie de postales que se muestran al modo de un poemario de lienzos vivientes, con referencias a John Everett Millais o a los primeros flamencos, como Pieter Brueghel. Leer el resto de la entrada »

Crítica de ‘La piel que habito’: laberinto de pretensiones

2 de octubre de 2011 | 11:36 am

¿Almodóvar sí o Almodóvar no?

Esta es la primera pregunta a la que hay que enfrentarse con esta peli. Ya no sólo para valorarla, sino incluso para entrar en la sala a verla. El prejuicio sobre el director manchego es inevitable, así que la forma en que lo afrontamos determina, y no sabes hasta qué punto, la opinión que acabamos diseñando al terminar de ver La piel que habito. En mi caso, seré sincero, es un prejuicio positivo. Creo que Almodóvar es uno de los referentes de nuestro cine, un tipo con un mundo personal muy rico en lo visual y en el diseño de laberintos morales, levantados sobre un tono propio que sólo encontramos repetido en narradores formados al arrojo de la sombra que desprende el director de Átame.

Partiendo de esta base, desde que marcó una gruesa línea de madurez como narrador y como arquitecto de imágenes en Todo sobre mi madre nunca me he topado con una peli de Almodóvar que no me haya dejado un buen sabor de boca en una valoración global. Hasta que ha tratado de hacer su propio tour de force lanzándose a una piscina de brea con esta La piel que habito. El resultado es un Almodóvar oleginoso, embadurnado de pringue de pies a cabeza y preocupantemente inflamable.

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Crítica de ‘Súper 8′: porque tú también fuiste un Goonie

28 de agosto de 2011 | 10:36 am

Ingenuidad

Cuando se echa un vistazo al cine de género que se ha hecho en los últimos 40 años, uno de los puntos que más llama la atención de los cinéfagos es la sofisticación progresiva que han ido adoptando las pelis en cuanto al tono. Se hace cine para espectadores cada vez más listos (listillos, mejor dicho). Resulta difícil, cuando no imposible, dársela con queso a una platea que tiene referencias casi directas de cualquier cosa en esa Larrousse 2.0 que es la Wikipedia.

Ahí yace uno de los logros de Super 8. La peli hecha al alimón por J.J. Abrams y Steven Spielberg (más tarde explicaré porqué creo que está hecha al alimón) apela a la ingenuidad que empezó a desaparecer durante la segunda mitad de los años ochenta, en pleno cénit de cinefilia palomitera. Precisamente, esa ingenuidad, esa inocencia en el fondo y en la forma de este entrañable y a ratos siniestro cuento de ciencia-ficción, es vital para poder disfrutar lo que se cuenta durante casi dos horas.

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